Solo por Europa – Pasar la noche en un parque francés

Estoy arriba del tren camino a Bayona, un pueblo en lo que vendría a ser el lado francés del País Vasco. La formación está muy bien cuidada pese a que se le notan sus años.

Cada 20 o 25 minutos frena en diferentes estaciones de pueblitos franceses ignotos, o que al menos yo no conozco. El sol, que empieza a esconderse, sigue pegando fuerte por lo que decido correr la cortina para que no moleste mi vista. De paso observo al resto de los pasajeros que van subiendo y bajando de la formación. Todos en silencio, algunos leen el periódico, otros escuchan música y otros pocos parecen trabajar con la computadora personal.

Saint Emilion

Saint Emilion

Atrás quedaba mi visita por Bordeaux, donde por necesidad precisé de un sofá ajeno que Leo me ofreció muy gentilmente, Couchsurfing mediante. Leo no sólo compartió su techo conmigo sino también me recomendó dos visitas a sitios cercanos a Bordeaux: Arcachon, zona playera visitada por los bacanes franceses, y Saint Emilion, un pueblo medieval cuya economía gira alrededor de la industria vitivinícola. Todavía recuerdo ese instante en Saint Emilion en el que decidí sentarme a comer en un restaurante bastante lindo llamado Le Bistrot du Clocher. Estaba un tanto cansado de los fiambres, hamburguesas, kebabs y otras comidas rápidas. Agarré la carta y empecé a mirarla de reojo. Pedí unos espaguetis a la carbonara, de lo poco que se podía pagar, je. Mientras esperaba la comida se sentaron en mi misma mesa cinco personas. Es que era demasiado grande para que la ocupara yo sólo. Todo muy elegante, por supuesto. Con cubiertos y con un mozo al que le costaba entender que precisaba pan para acompañar al al dente plato.

Recuerdos. Sigo viaje. Las estaciones pasan y me acerco a mi destino final. Minutos antes de llegar a Bayona me pregunto si no me convendría ir directo a Biarritz, ciudad a pocos kilómetros. El ticket no me lo permite, obvio, pero al parecer nadie trabaja en Francia durante este fin de semana largo.

Son alrededor de las 6 de la tarde y pese a dudarlo, termino bajando en Bayona. Un pueblo hermoso, al que recorro de punta a punta, con mis mochilas a cuestas, mientras busco dónde hospedarme. Naturalmente el sol termina de esconderse y las posibilidades se acortan. En el trayecto el conserje de un hotel me pide 60 euros la noche. Impagable. Sigo caminando y a las pocas cuadras me cruzo con un mexicano y dos argentinas. Les tiro una “pequeña” indirecta. No es que les dije “puedo quedarme en sus casas?”, más bien fue un “parece que está todo reservado acá y no tengo dónde quedarme, qué puedo hacer?”. Ellos rápidamente se desentienden del asunto. No me molesta para nada su actitud. Ya aparecerá algo.

Atardecer en Bayona

Atardecer en Bayona

A esta hora, soy el único que camina por las callejuelas céntricas de Bayona. El resto de la juventud celebra el fin de semana largo en la zona de bares lindante al río Nive. Intento encontrar señal de wifi para pedir un sofá por Couchsurfing pero no logro hallar esa señal salvadora. Frente a mis narices hay un restaurante que se llama “El Argentino”. Supongo que su dueño es un compatriota y pienso en pedirle si me deja dormir en el restaurante cuando cerrara. Pero no quiero joder. Me las tengo que arreglar solo.

Me siento a orillas del río, medio mugroso por cierto. Estoy cansado. En eso se acerca una pareja y en inglés intentan regalarme su cono de papas fritas que aparentan recién sacadas del horno. Ella me dice que si no las acepto las tirará al río. Por supuesto no le creo. Agradezco el gesto y niego el regalo. Obviamente ella no las arroja. Andá a saber qué habrán pensado.

Decido irme de Bayona cerca de la medianoche. Averiguo. Hay un bus que por un euro me lleva hasta Biarritz. Finalmente lo tomo y en menos de media hora llego.

La batería de mi celular está a punto de morir. Me bajo del bus y justo encuentro un hotel. No pregunto el precio porque sé mis limitaciones económicas. Entro para averiguar por algún hostel cerca. La chica de la recepción es española por lo que puedo explicarle mi situación en pocas palabras. Lamentablemente su turno está por terminar y la opción de dejar aunque sea mis mochilas en el depósito se desvanece. Le pido si puede hacer algunos llamados a hostales cercanos pero todos responden que están totalmente ocupados. Aprovecho para cargar un poco el celular y conectarme a la red del hotel. Hago el pedido por Couchsurfing pero nada. Decido dar una vuelta por la ciudad, tal vez encuentre algo. Nada. Sólo jóvenes alcoholizados y algún que otro vagabundo. Sin éxito vuelvo a la puerta del hotel a hacer tiempo.

Una vez allí observo a una pareja que se está por subir a su auto. Me acerco y les cuento mi situación. Muy amablemente acceden a llamar a hostales de la ciudad. TODO OCUPADO. Les paso el dato del camping pero a esa hora ya no reciben gente. Se ponen a pensar y en chiste me dicen que si hago alguna maldad puedo dormir gratis “enfrente” (enfrente está la comisaría). Nos reímos.

Manuel y Eli, así son sus nombres, me invitan a subir al auto y salimos a buscar un hotel en las afueras de Biarritz. Acepto la gentil invitación y me subo a su viejo Golf azul en busca de un techo. Nos ponemos a recorrer hotel tras hotel pero nada de nada. A todo esto, el reloj marca las 3 AM y todos nos encontramos cansados. Ellos me ofrecen dos opciones para solucionar este inconveniente: la primera es ir a dormir a la casa de ellos. Me parece un abuso de mi parte, me han ayudado demasiado como para terminar molestándolos en su hogar, más allá de que una buena ducha caliente es tentadora. La segunda opción es dormir en una plaza que se encuentra a pocas cuadras de su casa, ubicada en un pueblito llamado Guethary. Pese a dudarlo, tomo esta última opción y partimos con el auto hacia allí. Manuel y Eli me obsequian una bolsa de dormir que supuestamente habían encontrado días antes. La sacan del baúl de su auto y Manu me dice: “Ya que dormirás en el parque, acepta este obsequio, el mar está muy cerca y el viento es frío. La bolsa evitará que te enfermes”. Unos fenómenos. Qué lindo momento. Tal vez el mejor del viaje.

Me muestran el parque. Tiene una pequeña casona que funciona de museo. Me dicen que no me preocupe, abre cerca del mediodía, por lo tanto, es casi imposible que alguien pase por ahí. Además de la casona, hay una cancha de pelota paleta, muchos árboles y algunas estatuas. Todo a oscuras. Me despido de ellos, les saco una foto, les agradezco y me pongo debajo del techo de la casona. Ato las dos mochilas a una reja, aunque por dentro sé muy bien que es innecesario. Me meto dentro de la bolsa y por supuesto no duermo nada. La emoción del momento me impide pegar un ojo, sin dejar de lado los ruidos que se suceden uno detrás de otro jajaja.

La buena suerte no termina. Amanece, vuelvo a empacar y me dirijo hacia la ruta que conecta Francia con España. Espero un rato al bus que supuestamente pasa por este camino pero al ver que no aparece comienzo a caminar por el costado. Tengo que andar unos siete kilómetros hasta llegar a la terminal de buses de Saint Jean de Luz y ahí tomarme uno hasta Hendaye. Pero entre el cansancio y el peso de mis mochilas (calculo unos 25 kilos, al menos) logro hacer casi cinco. Decido levantar mi dedo pulgar y esperar a que me levanten. A los pocos minutos un auto, manejado por un joven, frena. Rápidamente este tira todo lo que tiene en el asiento del acompañante para atrás y pregunta mi destino. SAINT JEAN DE LUZ. “Voy para allá, subí”.

Caminando por la ruta

Caminando por la ruta

Este joven se sorprende al conocer mi nacionalidad. Es que él tiene en Argentina varios primos. Me precisa el barrio y todo. “Mis primos viven en Haedo, Buenos Aires”. Qué cosa de locos, increíble. “Por eso hablo bastante bien español”. Charlamos los diez minutos hasta llegar a la estación, le agradezco su gesto, nos saludamos y nos deseamos suerte…

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Con ganas de leer otros posteos? Elegí a qué país querés volar y relajate que despega el avión…

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